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Hernaldo Zúñiga, una noche en el almacén de los recuerdos

Extraído de NotiCultura.com – por Holbein Sandino

Son las ocho y veintitrés minutos de la noche. El telón del Teatro Nacional Rubén Darío aún no se levanta, pero un repentino resplandor tras él, parece activar una caja de música gigante que a la vez precipita los aplausos. Sobre un arpegio base en do mayor se desparrama por toda la sala una melodía translúcida que sugiere Qué increíble es la distancia.

Mientras se va levantando el telón Hernaldo Zúñiga avanza hacia el centro del escenario. Un viaje de ida y vuelta al almacén de los recuerdos ha comenzado.

El pianista es delicado y leve, un complemento perfecto para una voz, que viril y fresca se va colando en cada resquicio humano de los que hemos llegado. Las imágenes vuelan:

“tras el cristal de una autobús. . .te vi hasta que te hiciste un punto adiós”.

Caen lágrimas ochenteras de un tipo por acá, o de una muchacha allá.

“En la música todo se incluye ―dice Hernaldo al saludar―: la palabra, la melodía, todo”. Entonces se cuelga la guitarra y canta: “Qué sorpresas da la vida…” Y un murmullo va tras su voz. El público corea suave, con discreción.

Delante de mí, a la izquierda, una muchacha parece ser la única que no murmura. La he visto llegar poco antes del concierto solitaria e inquieta, hablando por teléfono, reclamando: “por favor dejame en paz, no me sigás llamando que quiero disfrutar del concierto tranquila… lo voy a apagar”.

Ahora inmutable admira al cantautor y le besa. Sí. Estira los labios suavemente y con los ojos cerrados parece acariciar la delgadez entera del artista. Como si lo amara. Y creo que lo ama. Pero debo desatenderme de ella porque Hernaldo alisa su chaleco oscuro y se dispone a “crecer como cualquier planta… en el tiempo de los aguaceros”.

Al terminar nos cuenta de la tristeza de un amigo hecha canción: la historia de un Ruido.

Cuando Hernaldo canta el público entero parece bailar como un ente único. Cuando habla sólo escuchamos inmóviles. Él sabe que más de 500 celulares inteligentes están grabándolo pero no le importa. Entonces en la sala del teatro no existe otro sonido, sólo se escuchan sus reflexiones acerca de países que ya no existen: la Nicaragua y el Chile de su juventud. Aquel Chile donde supo de Crepusculario, su libro favorito de Pablo Neruda, del que más tarde recitará Farewell como preludio a su canción Te llevaré.

Poco a poco el concierto se hace recital porque no es sólo un cantautor, resguardado por cuatro músicos, quien despliega anécdotas, puntos de vistas y solidaridad social, política o humana. Ante nosotros está un intelectual con guitarra que no duda en manifestar su rencor hacia aquellos que no quieren abandonar el poder. Para ellos ha compuesto Se van. “Mi carta de amor a Fujimori”, contará después. Quizás una de las melodías más aplaudidas de la noche. “Aún quedan muchos”, dice con sarcasmo.

“Vos no te vayas Hernaldo”, le grita una señora, y Hernaldo con sonrisa grande responde: “Qué más quisiera yo, creánme”.

Entre poemas de Borges, Sabines, el ineludible epigrama de Cardenal y “sus vuelos hacia pequeñas utopías” va desenrollando sus mejores canciones: Septiembre, No tengo más patria que tu corazón, Mira arriba arriba, Mentira, Aún te quiero, Después de todos estos años, Tengo unos celos que matan, hasta terminar con un consabido bonus que llega tras el ¡otra! ¡otra! ¡otra! del público.

Pero antes de que los focos se apaguen, Hernaldo recibe del padre Fernando Cardenal un reconocimiento por el gesto altruista de destinar las ganancias del concierto a la obra educativa de Fe y Alegría. Y tras regresar a petición del público, canta: En el mismo tren y Procuro olvidarte.

Afuera el mundo sigue siendo igual.

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